Quién quiere ser madre, novela de Silvia Nanclares

Por: Maria Fda. Cardona

Estoy en el aeropuerto de Río Negro esperando que sea hora de abordar mi vuelo. Me sudan las manos y me entretengo con cualquier cosa: observo al señor del lado leyendo un libro, a una niña llorando porque la mamá no le quiere comprar un dulce, a una señora alegando por el celular. Me duele la cabeza y siento los ojos pesados. Decido caminar para despertarme, pero termino entrando a la Librería Nacional. Veo los estantes, cojo uno que otro libro y lo guardo de nuevo. En uno de los estantes saco Quién quiere ser madre de Silvia Nanclares y leo, en la contraportada, “Silvia se enamora y poco después pierde a su padre”.

Compro el  libro.

Estoy en el aeropuerto porque mi abuelo murió y en los días anteriores fui por primera vez a un funeral, recibí mi primer abrazo de pésame y sentí qué es tener un hueco en el estómago y temer de que así sea para siempre. También aprendí que cualquier momento en el que logro apartar la tristeza la culpa viene y me hace sentir una mierda. Otra cosa nueva es buscar señales en todas partes, aunque abiertamente me proclame atea. Como ayer, cuando me encontré a un sacerdote en el ascensor y se me aguaron los ojos, o como hoy, que veo el libro de Silvia, leo muerte del padre y me convenzo de que debo comprarlo.

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Empiezo esta reseña de Quién quiere ser madre contando qué pasaba por mi vida en ese momento porque lo que yo estaba viviendo hizo que me identificara con Silvia. Sentí que ese libro era el que debía leer en ese preciso instante. Esta novela autobiográfica narra qué pasa cuando decidimos que es hora de ser madre y no podemos serlo, pero también nos cuenta qué sentimos cuándo perdemos una vida: “Si he acompañado a mi padre en su muerte, la vida me debe otra vida”.

Unos días después de la muerte de su padre, Silvia llega a los 40 años, y aunque lleva pocos meses en una relación con Gabriel, deciden irse a vivir juntos y tener un hijo, al que llamarán Valentín o Valentina. Pero mes a mes, Silvia recibe la menstruación, la campanita que le dice que esta vez no, que tal vez después.  La obsesión, la tristeza, la ansiedad son narradas de forma honesta en Quién quiere ser madre, pero también cómo el deseo de ser madre “te calienta, te hace arder”, en palabras de Gabriela Wiener.

No es una novela para mujeres. Es una novela para quien quiera entender qué sentimos los personas cuando tomamos una decisión que parte en dos nuestras vidas, cómo una pareja (sea heterosexual, homosexual o de cualquier otro tipo) vive ese momento, cómo los años empiezan a pesarnos y a hacernos dudar de decisiones pasadas y cómo nos obsesionamos cuando nuestros intentos por cumplir nuestras metas no dan frutos.

Además, es una novela que aunque trate de la maternidad, no te quiere convencer de ser madre, pero sí de que el hecho de ser madre o de querer serlo no te hace menos feminista. Ese es precisamente uno de los conflictos de los que Silvia, en su proceso, se da cuenta: cómo en asuntos de la maternidad el feminismo se ha limitado a declarar que las mujeres no necesitamos ser madres para ser mujeres. Y se pregunta cosas como ¿qué pasa cuando queremos serlo? ¿Por qué no nos explican cómo funciona nuestro cuerpo, nuestro útero, las trompas de Falopio y los ovarios? La respuesta es que sabemos mucho de cómo no quedarnos embarazadas, pero nada sobre cómo quedarnos, pues la “sabiduría acerca de la anticoncepción es el valioso fruto de la lucha histórica del feminismo. Pero para la otra batalla, la del conocimiento de nuestro cuerpo, la de la salud reproductiva, nos hemos quedado con las fuerzas mermadas”.

Y siempre, en la lucha por ser madre, está el recuerdo de su padre, la culpabilidad por olvidarlo a ratos, la tristeza porque la vida no le paga lo que le debe, la obsesión por tener un hijo como una forma de ignorar el duelo.

Es una novela sobre cómo mientras unos mueren otros buscan nacer.

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Cuando terminé el libro de Silvia volví a leer un fragmento del segundo capítulo que resume lo que yo siento pero que a diferencia de ella no he podido poner en palabras: “El tiempo entre mi padre y yo se ha terminado. Entre mi padre y mi madre. Entre mi padre y el mundo. Con rotundidad. Así nos golpea la falta de un cuerpo. Una historia clausurada. Algo inexorable en nuestro mundo de opciones aparentemente reversibles”.

Era el momento para leer a Silvia Nanclares.

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Delirio de Laura Restrepo

Por: Maria Fda. Cardona

Todos sufrimos de miedos: el gato al perro y el enfermo al dolor, el escritor a la hoja en blanco y la literatura a los lugares comunes. No paramos de escuchar a los artistas decir que buscan alejarse del cliché, como si de él no partiera la vida. Parece que hay un olvido colectivo de que el lugar común es el espacio del otro, que sin este no habría punto de encuentro y temas literarios. Así no queramos el escritor existe por el lugar común, por la comprensión que tiene de sus sentimientos, de lo que significa la vida. Del lugar común parte la ficción y de ahí nacen novelas como Delirio, de Laura Restrepo.

¿Y por qué comenzar a pensar una novela llamada Delirio sobre algo diferente a la locura? Porque el loco se ha utilizado mucho en la literatura, hasta el punto en que nos hace pensar ingenuamente que no hay nada nuevo para decir, que los clásicos ya dieron su última palabra. Es por eso que cuando vemos un título como Delirio sentimos que es más de lo mismo, que esa Restrepo nada diferente nos puede decir de lo que ya se ha dicho, que la locura es un tema común, un cliché, algo que no vale la pena ser explorado porque seguramente caerá en las garras de un loro mojado. Pero no, la verdad es que estamos condenados a repetir porque la vida es eso, un circulo, un volver a cometer los errores de la familia, volver a escribir sobre los temas clásicos.

Delirio, de Laura Restrepo, se ganó en 2004 el Premio Alfaguara de Novela. Pero más allá del premio y del argumento a la autoridad, Delirio es una novela sobre un tema común: no solo sobre la locura, sino sobre los lugares propios de los colombianos, como el narcotráfico y las diferencias entre clases sociales. Y es que en realidad no solo Agustina está loca, también lo está la sociedad, la clase alta bogotana, Pablo Escobar con la amenaza de hacer llorar el país. Y es que todos los personajes de la novela padecen una gota de locura, hasta Aguilar, quien nos es mostrado desde el lado claro de la vida, tal vez porque expresa el ideal de hombre de la misma Restrepo: comunista, preocupado por los otros, amando a su mujer a pesar de que ella se encuentra en un estado de soledad en la que las conexiones racionales con los otros se han perdido. Es precisamente la perdida de conexiones lo que hace que la sociedad colombiana, siguiendo la perspectiva del libro, esté en un estado de locura, pues solo así se puede explicar el nivel de violencia que, aunque bien explicada en la novela de Restrepo, es una mancha pequeña respecto a la realidad, aquella que si bien la vivimos nos sorprende en la ficción.

Delirio es una sorpresa. Es la confirmación de que siempre volvemos a los lugares que nos gustaron, que la locura no es tema inacabado. “Supe que había sucedido algo irreparable en el momento en que un hombre me abrió la puerta de esa habitación de hotel y vi a mi mujer sentada al fondo, mirando por la ventana de extraña manera”. Así comienza el relato de la vida de Agustina, de por qué enloqueció, de quién es su marido Aguilar, del narcotráfico, de las clases sociales, de que pertenecer a la clase alta colombiana no es solo cuestión de empaque, pues es tener un abuelo ganadero y un objeto heredado de una tía abuela, es tener una vajilla a base de cascara de huevo y no una Melmac de plástico, aun cuando en ambas se sirva chocolate con pandebono.

Delirio es un relato divertido, una conversación, un escrito oral. Leemos mientras escuchamos. Primero parece un monólogo, luego una entrevista, una cita con un psicoanalista, un encuentro entre amigos. Leemos varios tiempos verbales en un mismo párrafo, sufrimos pero terminamos aceptando alegremente la ausencia de puntos, seguimos en tono policiaco una novela sin crimen específico. Laura Restrepo nos dio una novela entretenida y que pese a que los personajes caigan en estereotipos (los ricos, como la familia Londoño -a la que pertenece Agustina- son hipócritas, solo los que se alejan de ese mundo pueden vislumbrar la felicidad, el comunista, como Aguilar, es bondadoso) están bien construidos. Es un libro que no logra escapar a una moraleja porque en sí mismo es una crítica social y que pese a que es un retrato de una realidad preocupante abraza la esperanza.

 

Her, película de Spike Jonze

Por: Maria Fda. Cardona

Theodore le dicta palabras a su computadora. Cada palabra es dicha con suavidad, como si el sentimiento que intenta expresar lo ahogara. Cada oración parece sobrepasarlo, tienes algo de mujer, le dice un compañero de trabajo. Theodore no compone cartas porque sí, porque ama mucho o porque necesita salir de él mismo; sus cartas son su trabajo, escribe para otros. Él vive en un futuro cercano, uno donde WhatsApp parece no existir y en el que el e-mail toma su lugar. Es como un llamado a una época epistolar, pasada, olvidada, nostálgica.

Spike Jonze es el responsable de Her, una película futurista, con tintes de ciencia ficción y, principalmente, de amor. Her encarna la posibilidad de que nos enamoremos de un sistema operativo, el cual compramos, nos pertenece y nos obedece. Pero el sistema de Theodore se puso nombre y su historia se parece mucho al de un humano: cada vez que Samantha desea algo, siente más, cada vez que siente más, crece. Y todo porque se enamora. En toda película de ciencia ficción, robots e inteligencia artificial, los progresos tecnológicos amenazan al género humano; en Her esa idea está presente, pero no en la superficie, no es su argumento principal, y en ello reside su originalidad, pero una originalidad que va más allá del adjetivo, de la mera necesidad de describir algo. Aquí la amenaza está en que el ser humano existe porque hay reproducción, algo que queda fuera del alcance con las nuevas formas de amor, o, mejor dicho, con el conocimiento de que se puede amar a otros seres como se ama a otro ser humano. Pero este tema nunca se toma, queda entre líneas, es una consecuencia de la película, no su premisa.

Spike Jonze decide retomar la idea de una inteligencia artificial que diluye los límites de su programación, pero no se queda en el lugar común de un futuro apocalíptico, oscuro y en el que esa inteligencia ataca a su creador. Jonze, más bien, toma otro lugar común: el amor, pero no el amor a secas, sino el que trata del enamoramiento que trasciende el físico, el enamoramiento por la personalidad.  Samantha, entonces, tiene personalidad, y nosotros presenciamos cómo la construye, cómo a partir de sus deseos y sentimientos se convierte en un individuo. Precisamente esa es la historia de Samantha: el paso de definirse a partir del otro, de Theodore, a definirse por sí misma. Y Theodore, por otra parte, conoce otro tipo de amor, un amor que pese a que formalmente no parece es tan real como el que ya había sentido.

Her es como el crecimiento de un niño: el inocente conocimiento de que hay algo externo a él, de que eso se llama mundo, de que eso produce deseos y emociones, de que eso genera sentimientos, de que eso lo hace humano. Pero Samantha no es una humana, y cuando deja de querer serlo es que ha madurado. Es tal vez esa consciencia de que se es algo diferente —no mejor ni peor— el verdadero desarrollo de Samantha. Es en ese momento que se da cuenta de que el amor no la define, de que no es suficiente amar a Theodore ni dejarse amar de él.

Samantha vislumbra la libertad.

 

Lobo de mar, novela de Jack London

Por: Maria Fda. Cardona

Si el infierno existe tiene forma de barco. Si los demonios son reales son los marineros de El Gosth. Si hay un diablo se llama Wolf Larsen. Y no es un eufemismo: el capitán del Gosth es un lobo, un lobo de mar. Su barco es su bosque y sus marineros sus presas. Él domina su pequeño mundo sin piedad. No hay lugar para débiles. Si alguien no camina sobre sus piernas hay que enseñarle a hacerlo. ¿Cómo? Trabajando. A Hump le tocó tirar las muletas de su padre y, por primera vez, caminar. Y aunque su cuerpo era el de un hombre, su vida era la de un niño gateador. Hump, un caballero ilustrado, crítico de libros, intelectual destacado, un aristócrata, debe conocer la realidad, abandonar el idealismo de la filosofía, experimentar la crueldad humana, eliminar la idea de verdades morales.

Lobo de mar, de Jack London, es la historia de un capitán que quiere animalizar su mundo. Obligar a los despistados idealistas a aceptar que la realidad no es armoniosa, no es organizada, no se dirige hacia un absoluto, no es bella. El mismo Wolf Larsen es una muestra de que lo bello no necesariamente es bueno: sus ojos grises, su pecho de Vikingo, su virilidad lo hacen tan atractivo como la luz del sol y tan peligroso como el océano que responde al llamado de la luna llena.

Lobo de mar no es un libro memorable. Es como una botella de ron que seguimos bebiendo porque caminar chueco no nos basta. Así mismo queremos saber qué pasa cuando dos filosofías se encuentran de frente. Cuando el extremadamente materialista alega que lo único verdadero es el movimiento, mientras el idealista solo quiere reposar. Cuando un lobo humano toma entre sus garras el cuello de un ciervo.

Pero Jack London se equivocó. Él transita el camino fácil: muestra dos conceptos antagónicos y los equipara con el bien y con el mal. Como si el mundo fuera binario, como si existiera la posibilidad de ser enteramente materialista o idealista, como si cada hombre no fuera las dos cosas, como si los ateos no quisieran creer en Dios, como si los creyentes no dudaran.

Wolf Larsen y Hump son una farsa. No existen.

“Me siento en la obligación de mostrar lo feo del mundo”

Laura Meneses es una ilustradora pereirana que enfrenta el mundo a través del arte. Sus dibujos se alejan de lo que tradicionalmente consideramos bello. Ella decidió abandonar las ideas de armonía y simetría para apropiarse de las de brusquedad y denuncia. “Me gusta incomodar”, dice.

Dirección: Maria Fda. Cardona

Cámara: Camilo Morales

Montaje: Federico serna

Un pueblo a ritmo de ciudad

Estar en el centro de Manizales una mañana de sábado es como estar en un pueblo grande. Borrachos, vendedores, fuentes de soda, cafeterías con café recién molido. Luis H. Orozco decidió retratar esto. Aquí está el resultado.  

Texto: Maria Fda. Cardona y Luis H. Orozco

Fotografías: Luis H. Orozco

Una mañana septiembrina, Luis H. Orozco, fotógrafo manizaleño, salió a las calles del centro con el propósito de registrar la vida en su ciudad. El resultado: fotografías que nos muestran que en Manizales, aunque no faltan los edificios altos y modernos, aún podemos disfrutar de actividades reservadas para los pueblos. Aquí todavía se camina tranquilamente por la carrera 23, se saludan conocidos que no hace mucho dejamos de ver, se toma un café caliente en una banca mientras se lee en el periódico local los acontecimientos de las últimas horas, se observa con sorpresa las nuevas edificaciones y se escucha música en un almacén ambulante de discos viejos.

Pare final

¡Pare! ¡La ciudad sigue en movimiento! Es un frío sábado y los transeúntes atravesamos la carrera 23. Salimos por las húmedas calles a mercar, visitar viejos conocidos, tomar café, descubrir minucias en mercados de pulgas, compartir en familia, “echar chisme” y jugar ajedrez. Mientras tanto, Luis prepara su Canon y observa, entre las calles adoquinadas, a las personas que no esperan ser fotografiadas.

 

Música final (1)

Con una gorra vieja y una chaqueta que no es de su talla, la vendedora, sentada en una espuma envuelta en una ruana, mira hacia la carrera 23. Espera pacientemente su siguiente cliente y reproduce en su pequeño tocadiscos un viejo LP de Los Grandes Éxitos de las Cantinas:
Te esperaré
sé que me quieres
y yo seré tu adoración
en mi recuerdo grabado estará tu nombre
toda la vida te esperaré
y serás mi gran amor

Cansancio final

Tirado en la esquina, un vagabundo escucha Te esperaré, mezclado con los ruidos de los carros, las charlas cotidianas, los vendedores con sus megáfonos y el recuerdo del sonido de las cantinas que lo aguardaron la noche anterior.

Tinto final

Entre la polución y el olor del café recién molido, un vendedor local, sentado en una banca afuera de su tienda, imagina qué sería de su vida si sus piernas estuvieran paralizadas con la única protección de los recortes de una llanta. Es su cuarto tinto en la mañana y esto no le impide sentirse tirado en el andén, escuchando Los Grandes Éxitos de la Cantina, enguayabado después de un habitual viernes en la noche.

Cambio final

Un anciano observa melancólicamente, a través de una polisombra, el duro trabajo de los jóvenes obreros que desde las 6 de la mañana contribuyen a elevar el nuevo Banco de la República. Recuerda un espacio sin edificios, construcciones en bareque y fachadas con amplios balcones… Suspira.

***

La carrera 23 presenció con Te esperaré de fondo los pequeños hilos que tejen las relaciones de personas que, sin conocerse, revelan una historia que nos enseña la singularidad de las calles del centro de Manizales. Sin embargo, esta ciudad, en medio de su idiosincrasia, no escapa de las transformaciones que la planeación exige a las grandes ciudades.

Y los seis murieron a sangre fría

Por: Maria Fda. Cardona

Había pasado un mes desde Halloween y los recuerdos de ese día se esfumaban como la lluvia que da paso al arcoíris. Los disfraces guardados en el fondo del armario confirmaban que la fiesta había terminado. Las brujas y fantasmas retornaban a su lugar de origen: la imaginación de los hombres. Los mismos que dejaban el negro y naranja ahora se apropiaban del rojo y blanco porque la navidad ya caminaba, lentamente, hacia las ciudades. Pero en Nueva York todavía era de noche: las fiestas de disfraces solo terminarían cuando pasara El baile en blanco y negro, organizado por Truman Capote, el mismo que unos meses antes sufría porque la muerte tocó su puerta. A sangre fría se llamó el resultado de ese toc-toc.

La tristeza ya no estaba. Capote declaraba que 1966 era su año, y el baile lo confirmaba: la clase alta de la sociedad estadounidense estaba allí. Desde Andy Warhol con su extraño corte de cabello, hasta Frank Sinatra con su arrogancia italiana; desde la hermosa y arriesgada Marlene Drietich con su fuerza alemana, hasta la delicada y joven Mia Farrow con su corte pixie. Celebridades, políticos, artistas, escritores, príncipes europeos. La lista ascendía a más de 500 personas que debían usar máscaras que cubrieran su rostro. Era un hecho: Truman Capote era más que un escritor: era el hijo pródigo de América. Un sureño que aunque careció de amor materno, fue criado por familiares y vivió en distintos hogares, escaló la montaña y llegó a la cima. Truman Capote no era un nombre más. Era el preferido de todos.

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Truman Capote

“Es como si Perry y yo hubiéramos crecido en la misma casa pero él hubiera salido por la puerta de atrás”, dice Philip Seymour Hoffman interpretando a Truman en Capote (2005), la película que cuenta cómo Capote escribió A sangre fría: desde que leyó la noticia en el New York Times, con el encabezado “Rico agricultor y tres miembros de su familia, asesinados”, pasando por sus visitas a Holcomb, el lugar de la tragedia, y el arresto de Dick y Perry, los asesinos de la familia Clutter, hasta su relación con ellos y el dilema de la pena de muerte. Y es que, según el mismo Capote, A sangre fría, su obra más aclamada, es el inicio de un nuevo género periodístico y literario: el periodismo narrativo y la novela de no ficción. Sin embargo, recordemos que nueve años antes de A sangre fría, en 1957, el argentino Rodolfo Walsh publicó Operación masacre, donde se relataron los fusilamientos de José León de Suárez ocurridos el 9 de junio de 1956. Los métodos fueron los mismos que usó Capote: entrevistas a los involucrados. Pero Walsh no era estadounidense ni amigo de celebridades y políticos, por lo que su obra no es igual de conocida que la del anfitrión del baile. Pero incluso con esa controversia, es indudable que Capote influenció a periodistas y escritores, al mismo tiempo que demostró que a diferencia de Perry él sí salió por la puerta delantera de la casa. Cumplió el sueño americano.

Al igual que Capote, la familia Clutter representaba el sueño americano: ricos agricultores que vivían en una pequeña comunidad de Kansas alejada del movimiento citadino. La cabeza de la familia era Herbert Clutter, un querido miembro de la comunidad, su esposa era Bonnie Fox, quien sufría de depresión, y sus hijos eran Eveanna, Beverly, Nancy y Kenyon. Los miembros de esa familia, menos Eveanna y Beverly que ya no vivían en casa, ya no estarían vivos para la mañana del domingo 15 de noviembre de 1959, el día más importante de la semana: el de la misa.

Por otra parte, Dick y Perry representaban la otra cara de la moneda, la que la visible prosperidad esconde debajo de la alfombra: personas con gran potencial, con inteligencia superior a la media, que lo único que deseaban era educación, pero que al no tenerla se ocuparon en trabajos manuales y poco remunerados. Perry, hijo de una india cheroqui y un pelirrojo irlandés, pintaba, escribía, tocaba la guitarra y su sueño era estar en una tarima y que todos le aplaudieran por su magnífica presentación. Dick era el deportista blanco que todos admiraban en el colegio y un entusiasta de las matemáticas. Su sueño era ir a la universidad. Ellos son los pobres diablos que no se resignaron a serlo y decidieron dispararle al sueño americano.

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Dick Hickock y Perry Smith

A sangre fría es el resultado de seis años de investigación y de la obsesión de un hombre por reconstruir todos los hechos y mostrar todos los puntos de vista. Quizá es el libro que todo periodista quisiera escribir, pues aunque Holcomb es un pueblo olvidado y su gente ordinaria, Capote hizo los acontecimientos relevantes. Y es que ciertamente el asesinato a sangre fía de una familia es un hecho relevante en sí mismo, pero, lamentablemente, olvidable: por los mismos días se presentaron asesinatos parecidos y nadie los recuerda porque no hubo quien contara el cuento. Esto también nos dice que el periodismo es efímero y los titulares, por más desgarradores que sean, simple amarillismo. Las personas olvidamos rápido y dejamos los recortes de los periódicos en cajas que con los años cubren las arañas. Por eso Capote hizo bien en abandonar su intención inicial, escribir un artículo sobre cómo el suceso influyó en el pueblo, y hacer una novela de no ficción, ya que la literatura, si está bien escrita, es imperecedera. A sangre fría, aun con título amarillista, lo es.

El éxito fue total: Truman Capote se consolidó como uno de los grandes escritores del siglo XX. El baile en blanco y negro lo confirmaba. La fiesta dejó atrás el sinsabor de la pena de muerte y de las amistades construidas a lo largo de la escritura de la novela. Él retornó a donde pertenecía: al mundo de las cámaras, la fama, la moda y de la alta sociedad. Su voz chillona, tan insoportable que solo un murciélago podía aguantar, como decía su amigo Tennessee Williams (el dramaturgo), acaparó la velada. Tal vez todos eran murciélagos que sedientos de sangre celebraban la muerte a sangre fría de seis personas que dejó la noche del 14 de noviembre de 1959.

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Perry Smith y Truman Capote

“El rayo marica”, un poder que transgrede lo políticamente correcto

Todo es rosa, o lila, o azul cielo, o amarillo, o cualquier color pastel que exprese feminidad. Pero no es una mujer quien protagoniza esta historia; es La Zay, un hombrecito gay que enfrenta al mundo con su único poder: el “rayo marica”. Su creador es Zay Cardona, quien carece de pudor para hablar de homosexualidad, heterosexualidad, relaciones sexuales, amistad, amor. Con Mariquismo Juvenil este paisa se burla de todo lo que lo rodea. La corrección política no está en su vocabulario.

Por: Maria Fda. Cardona

Fotografía: Sebastián Niño Villabona

En el patio de una casa vieja de Teusaquillo –tan vieja como para tener patio exterior– se lleva a cabo un evento de diseño independiente. Venden ropa y accesorios, estampan camisetas y hacen tatuajes flash –escoges el diseño y pagas $50.000–. La entrada cuesta $5.000 y dan una cerveza –la mía, lastimosamente, está al clima–. Son un poco más de las cinco de la tarde y estoy buscando a Zay Cardona, el creador de Mariquismo Juvenil, un cómic en el que se retrata la vida de La Zay, un hombrecito bigotudo que combate la homofobia con su rayo marica. Zay —el de la vida real— tiene menos cabello y no usa bigote, pero por lo demás se identifica con su personaje: ambos intentan transgredir la heteronormatividad y se burlan tanto de la homofobia como de la homosexualidad.

Zay nació en Medellín, hace dos meses vive en Bogotá y tiene 23 años. Aunque a los 16 “salió del closet”, fue a los 20 cuando aceptó que era un hombre femenino. Estudió diseño gráfico en la Colegiatura Colombiana en Medellín, gracias a una beca dada por el Fondo EPM, y hace un año comenzó con Mariquismo Juvenil. El humor para él es una herramienta política con la que busca transmitir mensajes que diviertan y enseñen. De ahí que con La Zay no solo se burle del machismo, sino también de la homosexualidad y de sí mismo: “Si tú no te ríes de ti, ¿cómo putas te vas a reír de los demás?”, dice.

Y es que la discusión al respecto es larga, pues el humor es un tema controvertido y coyuntural: en la Feria del Libro de 2016 la escritora Carolina Sanín criticó a Matador por hacer un chiste, de sí mismo, usando la palabra “violación” –“A mí una modelo de Soho amenazó con violarme y yo la denuncié”, dijo el caricaturista–. Hace pocos días Daniel Samper Ospina en su columna de Semana se burló del nombre de la hija de la senadora Paloma Valencia, –“A la salida todavía nos temblaban las piernas de la emoción y yo traté de acercarme para la foto con la doctora Paloma, pero ya se iba para la casa a ver a la niña. Dios mediante la cuide y busque el varoncito para quedar con la pareja. Le podría poner Opio”, dice, entre otras cosas, el artículo–, chiste que fue criticado y por el que se ganó que el ex presidente Álvaro Uribe Vélez le dijera, en su cuenta de Twitter, “maltratador de niñas recién nacidas”. Y yendo un poco más atrás y con consecuencias más graves, en 2015 el semanario Charlie Hebdo fue atacado por Yihadistas tras reiteradas publicaciones en las que este se burlaba de Mahoma.

Todo esto pone sobre el tapete la pregunta por los límites del humor.

Lo anterior crea el fenómeno de lo políticamente correcto, que no es más que establecer temas intocables para los humoristas, como la homosexualidad, el feminismo, la infancia, las minorías raciales y las creencias religiosas. Así, desde esta óptica, los chistes sobre mujeres son vistos como misoginia, sobre gays como homofobia, sobre negros como racismo, sobre transexuales como transfobia, sobre hombres como “feminismo trasnochado” (tal y como le dijeron a Carolina Sanín, en la FILBO del año pasado, que era su feminismo). El comediante Jim Norton, sobre lo anterior, dice que nos hemos convertido en una sociedad de niños donde cada vez que alguien habla de algo que no nos gusta, prendemos un botón de alarma. Y el filósofo Roberto Palacio, en La adrenalina de la indignación, nos pide que consideremos los ámbitos de la vida que ahora son inaccesibles a la risa: “La insufrible solemnidad de los economistas, la agelastia de las feministas”.

Zay no es de los que cree que hay ámbitos de la vida inaccesibles a la risa. Para él, “el humor no es para tomárselo como algo personal. Soy partidario de que todo el mundo puede expresar lo que quiera en redes sociales y puede hacer humor sin ser censurado”. Esto me lo dice mientras estamos sentados en una banca de parque cerca a la casa del evento. Sus movimientos son femeninos y deja claro que el rosado no es solo para La Zay: usa una camiseta de este color con dibujos de huevos fritos, una chaqueta roja, un choker de tira transparente y taches, jean entubado y zapatos de plataforma plateados y brillantes. Y mientras sostiene un cigarrillo explica que “Mariquismo Juvenil pretende entretener y educar. Es una burla hacia el machismo y hacia mí mismo (lo que incluye una comunidad). Se trata de hablar de lo que pasa a mi alrededor mientras hago una crítica social”.

Una escena de la vida de La Zay puede resumirse así: un hombrecito con corte hongo, ojos grandes y abundante bigote que casi siempre está vestido con colores pasteles y que va por la vida siendo el centro de atención porque rompe con los roles tradicionales de género –que un amigo le diga que ahora que es gay no comience a vestirse como mujer o que siempre cuando juega Super Mario en Nintendo le digan que tiene que ser la princesa Peach porque “ella es muy gay”– y lanzando el rayo que todo lo feminiza. Zay también ha sido víctima –uso esa palabra aunque él me dejó claro que la odia– de lo políticamente correcto. Hace unos meses publicó una imagen donde La Zay decía que “hubiera preferido ser violado” que aplicarse Benzetacil (penicilina). La consecuencia fue que grupos feministas denunciaron la publicación en Facebook alegando que promovía la violación. Días más tarde, Zay cambió el diálogo:

—Ay, pero qué niño tan flojo. Sí, el Benzetacil duele pero tú gritas como si te estuviera metiendo mi verga de 25 cm por el ano como si no hubiera mañana (obvio con tu permiso), dice el enfermero.

—Hubiera preferido eso, responde La zay.

De nuevo, la imagen fue denunciada. Pero las cosas no pararon ahí: la cuenta de Zay fue reportada masivamente y eliminada por Facebook. El resultado: Zay creó otra cuenta y la experiencia de La Zay con el Benzetacil no volvió a ver la luz del día.

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Todos los machismos y cuestionamientos de roles que están en la vida de La Zay, Zay los apropió y los redefinió. Por ejemplo, dice que no le importa que le digan maricón –no es casual que su cómic tenga el nombre “mariquismo” y que su poder sea el “rayo marica”–, pues se trata de volver humor a todo eso que lo ataca. “Es una palabra que se dedica a denigrar a alguien por su condición de feminidad en lo masculino, pero que yo la amo porque es una forma de disidencia sexual. Yo soy consciente de mi identidad de género y adopto una palabra que me vilipendia, pero la utilizo para sentirme orgulloso de que no encajo en una normalidad. Maricón, para mí, tiene carga política”.

Pero no todo el mundo piensa como Zay. Por ejemplo, tras lo sucedido en la Universidad de los Andes con Carolina Sanín, profesores del departamento de psicología de esa institución sacaron un comunicado donde condenaron el humor sexista u homofóbico: “Tomar en serio los chistes con connotaciones sexistas u homofóbicas es fundamental para comenzar a transformar las normas sociales que sustentan la violencia basada en el género”. De manera que el humor es comparado con la ofensa, tal como le dijo Carolina Sanín a Semana: “Hay un ‘bromismo’ chabacano, que se confunde con la frivolidad y el sadismo. Es muy elemental, poco original y poco creativo y, por lo que he visto, se limita al remedo, a la ofensa por la ofensa”. O como escribió en su cuenta de Facebook tras el incidente con Matador: “Chabacanería no es automáticamente humor, aunque en este país de cuentachistes y gracejos en las paredes de las fondas paisas nos hayan dicho que sí”.

Para Daniel Samper Pizano, como dijo en un discurso en la Universidad Central refiriéndose a lo sucedido con el semanario Charile Hebdo, las posturas de lo políticamente correcto “procuran hacerles exodoncia a los colmillos y manicure al tigre del humor; quitarle fuerza a su mordida, limitar sus garras, despojarlo de toda arista que pueda herir alguna susceptibilidad y ofender mínimamente al otro”. Es de esta manera que lo políticamente correcto nos dice que no hablemos de “pobres”, sino de “población en condición de vulnerabilidad”, o que no hablemos de “negros”, sino de “afrodescendientes” (al respecto, Samper Pizano se pregunta, a modo de chiste, si en lugar de decir “¿Qué será lo que quiere el negro?”, deberíamos decir “¿Qué será lo que quiere el afrocolombiano?”).

 La discusión es larga, pues es verdad que las minorías han tenido que luchar arduamente por sus derechos, por lo que el humor puede verse como una forma de discriminación que reproduce los estereotipos: que las mujeres son débiles, que todos los gays son peluqueros, que los negros solo sirven para cargar cosas. No obstante, esto choca con la exaltación de la libertad de expresión característica de las sociedades liberales. La risa, entonces, parece ser un arma de doble filo y contradictoria: libera las tensiones sociales al mismo tiempo que las agudiza. En la banca del parque, Zay me dice que hay que reírnos de los chistes, pero también analizar qué hay detrás de eso: “¿Hay machismo, misoginia, homofobia? ¿O solo es una mirada despreocupada de alguien que se quiere reír?”.

Y es que el machismo ha estado presente en la vida de Zay. Sin embargo, procura reírse de ello y utilizarlo para nutrir su discurso y reafirmar su posición. Por ejemplo, cuenta que entre la misma comunidad gay hay quienes se sienten superiores por ser activos y denigran a los pasivos porque son los que cumplen el rol de mujer en la relación sexual. Él responde a eso vistiéndose de mujer –como hizo en su grado de la universidad al que asistió con falda y blusa–, con La Zay y aceptando que lo femenino no es mejor ni peor que lo masculino. Pero quizá hay un evento que más recuerda: cuando tenía 7 años era un niño que amaba a Shakira e imitaba su baile. Sus movimientos eran ornamentales y femeninos. Pero un día su mamá regañó a su hija por enseñarle esos pasos al niño de la casa, pues él debía ser un varón. “Esa frase, ‘él es un varón’, se me quedó metida en la mente. Toda la vida la he tenido presente. Es machismo que te digan que no puedes tener un movimiento femenino porque eso es de mujeres”, dice. Pero quizá el rayo marica de La Zay tocó a los padres de Zay, pues pasaron de decir frases como sacadas de El gran varón, la canción de Willie Colón, a aceptar y apoyar a su hijo.

Zay prende otro cigarrillo, nos paramos de la banca y, mientras caminamos, continuamos conversando sobre La Zay. Entramos al evento, reclamamos nuestra cerveza, miramos accesorios, compramos collares –él uno de fantasía plateada y yo un chocker negro con un corazón– y hablamos sobre sus posiciones políticas –que le gusta el feminismo, pero no ese donde la mujer se cree superior, que no es de derecha, pero tampoco de izquierda…– hasta que una frase sale de su boca y finaliza el tema:

—Tienes razón, odio los extremos.

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Este artículo hace parte del especial “Micromachismos”, realizado por estudiantes del curso Periodismo digital de la Maestría de Periodismo de la Universidad de los Andes.

https://micromachismo.wixsite.com/especial

1984, una novela incómoda

Por: Maria Fda. Cardona

Ilustración: Edd Muñoz

Eric Arthur Blair, más conocido por el seudónimo George Orwell, es un escritor controversial y, si se quiere, incómodo. Su literatura ‒en la que se incluyen crónicas, reseñas literarias, ensayos y novelas‒ manifiesta la preocupación por los acontecimientos sociales de su tiempo. Fue un crítico de fenómenos políticos que involucraron al mundo, como el imperialismo inglés y el auge de los totalitarismos del siglo XX, y de hechos sociales simples y cotidianos que afectaron a las minorías, como la vida de los vagabundos en los albergues londinenses. Su grandeza reside en que tuvo la lucidez para alzar la voz, y la pluma, para denunciar lo que consideraba incorrecto, aun cuando eso implicara cambiar de opinión.

Los escritos de Blair reflejan que su pensamiento no es un todo compacto que puede rastrearse desde el comienzo de su carrera literaria, sino que es el producto de distintas experiencias que lo llevaron de un lado a otro y que hicieron que sus opiniones se transformaran y maduraran en el proceso. Así, hay un joven Blair que fue a Birmania siendo parte de la Policía Imperial, y que se devolvió a Londres odiando el imperialismo (Los días de Birmania, 1934). Hay un Blair que vivió en las calles de París y Londres, y que se concientizó de la situación de los vagabundos (Sin Blanca en París y Londres, 1935). Hay un Blair que presenció la explotación obrera durante un viaje por el norte de Inglaterra, y se acercó a las ideas socialistas (El camino a Wigan Pier, 1937). Hay un Blair que combatió en la Guerra Civil Española en el bando comunista, y que retornó a Londres decepcionado del comunismo (Homenaje a Cataluña, 1938). Y, finalmente, hay un Blair que, desde las experiencias vividas, tiene claro su pensamiento político: rechazo a cualquier régimen, sea de índole capitalista o socialista, que niegue la libertad. Es este último Blair el autor de sus obras más célebres: Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949).

Es esa relación entre realidad, experiencias vividas y literatura lo que hace a Orwell un escritor incómodo. No tuvo miedo de escribir sobre los acontecimientos que presenció, de criticar lo que tiempo atrás aceptaba, de superar ideologías y de, ante todo, reivindicar la conexión entre los hechos y la verdad. La verdad, nos dice Orwell en la mayoría de sus escritos, se encuentra en los hechos y no en lo que dictamina una autoridad. Sobre esto último trata 1984, su última novela.

George Orwell nos ubica en el Londres de 1984, en un contexto deshumanizado, totalitario, violento y en el que el hombre, conscientemente, renuncia a su calidad de individuo para hallar libertad en la esclavitud. Nos encontramos, en pocas palabras, en el mundo del doblepiensa (double-think) y la locura colectiva.

En algún momento de los años cincuenta, que resulta imposible rastrear para los habitantes de la distopía orwelliana, el Socing (Partido Socialista Inglés) adquiere el poder político. Reino Unido y Estados Unidos, naciones en las que históricamente el liberalismo ha sido más fuerte (recordemos que los totalitarismos del siglo XX no los conquistaron), se convierten en un Estado: Oceanía, lugar donde vive Winston Smith, el protagonista de la novela. Por si fuera poco, Orwell no se contenta con destruir el liberalismo característico de estas naciones; la pérdida de libertad es universal. El mundo ahora está dividido en tres Estados totalitarios: Oceanía, Esteasia y Eurasia.

Que el mundo sea totalitario implica que la esperanza de los habitantes de los Estados está abandonada. Ellos no conocen nada diferente a lo que la autoridad dice. La historia ha sido destruida y remplazada por la verdad del Partido. No hay lugar para la diferencia y la libre personalidad. Todos los valores que consideramos esenciales para que el individuo se desarrolle no existen en 1984, en especial porque allí no hay individuo. Este es el contexto al que se enfrenta Winston Smith, un hombre de 39 años, un poco débil y con una úlcera en un tobillo.

Smith vive en Londres. Su apartamento pertenece al Partido ‒como el de todos los miembros del Socing‒ y es vigilado todo el tiempo por la telepantalla (un aparato que constantemente transmite la programación oficial y que, cuando es necesario, se comunica con los ‘súbditos’ para decirles qué hacer o qué están haciendo mal). En Oceanía, por lo tanto, no se conoce qué es la vida privada, y la policía del pensamiento garantiza que siga siendo así. Su misión es proteger una de las consignas del Partido: «La libertad es la esclavitud». La consecuencia es que los hombres entregan libremente su libertad para ser esclavos del Hermano mayor (también llamado Gran Hermano, dependiendo de la traducción). Ser esclavo, contrario a la connotación peyorativa del término, es un honor; es una cualidad que eleva al hombre a un estado superior sobre quienes no lo son (detractores y proles).

Vemos que el Socing controla todo: los actos, el pensamiento y las emociones. Es omnipotente, omnisciente y omnipresente. De manera que aunque el Dios de la tradición cristiana es abolido, y no para liberar al hombre, se crea otra divinidad, cuyo carácter es político: el Hermano Mayor. Este es el líder de la revolución, quien es adorado por todos y quien está en todas partes para «siempre cuidar de ti». Tú no puedes escapar de su poder, sin embargo, ¿por qué querrías escapar del Hermano Mayor si lo adoras y aceptas su cuidado? De modo que obedeces al Partido no simplemente por obligación o miedo, también lo haces porque comprendes y aceptas que mediante la esclavitud se accede a la libertad.

Que la libertad sea la esclavitud, o que la esclavitud sea la libertad, es una contradicción lógica por donde se analice. No obstante, es aquí donde aparece el recurso del doblepiensa, el cual conduce necesariamente a la locura colectiva. El doblepiensa es la posibilidad de creer en dos verdades contradictorias, en usar una negando la otra, en cambiar de opinión cuando se necesite y en olvidar ese acto de hipnosis. Es una humillación al pensamiento que posibilita soportar el mundo del Socing. Decimos que el doblepiensa nos lleva a la locura colectiva porque nos convence de que la verdad es lo que dice una autoridad (aunque cinco minutos antes dijera otra cosa).

En una parte de la novela, Winston se dice a sí mismo que la cordura no es cuestión de estadística: aunque la mayoría de personas crean algo que contradice los hechos, y una minoría, así sea de uno solo, creyera lo que estos le muestran, esta sería la cuerda y la mayoría la demente. Como vemos, el problema de Winston es que carece de la cualidad del doblepiensa, carencia que hace que el mundo del Socing le resulte insoportable. Es por esto que Smith, desde que comienza la novela, nos dice que está condenado.

Sobre lo anterior podemos preguntarnos lo siguiente: ¿vale la pena defender una idea verdadera por honor a la verdad cuando no nos ayuda a enfrentar nuestros problemas diarios y, en su lugar, nos condena a la desgracia? En el caso de Winston de nada le ayudó. Él desde el principio sabe que está condenado; su vida, en el momento en que decide ser un crimental (criminal mental) se convierte en la espera por conocer el Ministerio del Amor, el cual, contrario a su nombre, es el sector del odio, la tortura y la cordura. ¿O locura? Depende de la perspectiva. Allí el traidor, a través de métodos violentos, comprende al Partido y aprende a amar al Hermano Mayor.

Orwell, sin duda, nos está preguntando si deseamos que nuestro futuro tenga las características expuestas en 1984. No es una novela profética, como han dicho a quienes les encanta mostrar en qué acertó o erró el autor; es una advertencia. No se está describiendo un futuro que irremediablemente tendrá un carácter totalitario, pero sí nos invita a abandonar la indiferencia respecto a procesos políticos que niegan la libertad, la igualdad, la justicia y la democracia en pro de un bien mayor (que a largo plazo resulta ser un mal).

La crítica que Orwell realiza a la sociedad hace que sus escritos estén plagados de incomodidad. Él, en lugar de quedarse callado, defendió el libre pensamiento y expresó, en diversas formas literarias, sus ideas. 1984 es una novela incómoda: denuncia las utopías, rechaza los procesos políticos que niegan la libertad y nos dice que en un país como Inglaterra también puede desarrollarse el totalitarismo ‒y va más lejos: también en Estados Unidos, supuesto garante de la democracia‒. Y aún hay más: es incómoda porque no toma partido por el capitalismo, pues este es tan perjudicial como el socialismo cuando no garantiza la libertad.

 

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