Y los seis murieron a sangre fría

Por: Maria Fda. Cardona

Había pasado un mes desde Halloween y los recuerdos de ese día se esfumaban como la lluvia que da paso al arcoíris. Los disfraces guardados en el fondo del armario confirmaban que la fiesta había terminado. Las brujas y fantasmas retornaban a su lugar de origen: la imaginación de los hombres. Los mismos que dejaban el negro y naranja ahora se apropiaban del rojo y blanco porque la navidad ya caminaba, lentamente, hacia las ciudades. Pero en Nueva York todavía era de noche: las fiestas de disfraces solo terminarían cuando pasara El baile en blanco y negro, organizado por Truman Capote, el mismo que unos meses antes sufría porque la muerte tocó su puerta. A sangre fría se llamó el resultado de ese toc-toc.

La tristeza ya no estaba. Capote declaraba que 1966 era su año, y el baile lo confirmaba: la clase alta de la sociedad estadounidense estaba allí. Desde Andy Warhol con su extraño corte de cabello, hasta Frank Sinatra con su arrogancia italiana; desde la hermosa y arriesgada Marlene Drietich con su fuerza alemana, hasta la delicada y joven Mia Farrow con su corte pixie. Celebridades, políticos, artistas, escritores, príncipes europeos. La lista ascendía a más de 500 personas que debían usar máscaras que cubrieran su rostro. Era un hecho: Truman Capote era más que un escritor: era el hijo pródigo de América. Un sureño que aunque careció de amor materno, fue criado por familiares y vivió en distintos hogares, escaló la montaña y llegó a la cima. Truman Capote no era un nombre más. Era el preferido de todos.

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Truman Capote

“Es como si Perry y yo hubiéramos crecido en la misma casa pero él hubiera salido por la puerta de atrás”, dice Philip Seymour Hoffman interpretando a Truman en Capote (2005), la película que cuenta cómo Capote escribió A sangre fría: desde que leyó la noticia en el New York Times, con el encabezado “Rico agricultor y tres miembros de su familia, asesinados”, pasando por sus visitas a Holcomb, el lugar de la tragedia, y el arresto de Dick y Perry, los asesinos de la familia Clutter, hasta su relación con ellos y el dilema de la pena de muerte. Y es que, según el mismo Capote, A sangre fría, su obra más aclamada, es el inicio de un nuevo género periodístico y literario: el periodismo narrativo y la novela de no ficción. Sin embargo, recordemos que nueve años antes de A sangre fría, en 1957, el argentino Rodolfo Walsh publicó Operación masacre, donde se relataron los fusilamientos de José León de Suárez ocurridos el 9 de junio de 1956. Los métodos fueron los mismos que usó Capote: entrevistas a los involucrados. Pero Walsh no era estadounidense ni amigo de celebridades y políticos, por lo que su obra no es igual de conocida que la del anfitrión del baile. Pero incluso con esa controversia, es indudable que Capote influenció a periodistas y escritores, al mismo tiempo que demostró que a diferencia de Perry él sí salió por la puerta delantera de la casa. Cumplió el sueño americano.

Al igual que Capote, la familia Clutter representaba el sueño americano: ricos agricultores que vivían en una pequeña comunidad de Kansas alejada del movimiento citadino. La cabeza de la familia era Herbert Clutter, un querido miembro de la comunidad, su esposa era Bonnie Fox, quien sufría de depresión, y sus hijos eran Eveanna, Beverly, Nancy y Kenyon. Los miembros de esa familia, menos Eveanna y Beverly que ya no vivían en casa, ya no estarían vivos para la mañana del domingo 15 de noviembre de 1959, el día más importante de la semana: el de la misa.

Por otra parte, Dick y Perry representaban la otra cara de la moneda, la que la visible prosperidad esconde debajo de la alfombra: personas con gran potencial, con inteligencia superior a la media, que lo único que deseaban era educación, pero que al no tenerla se ocuparon en trabajos manuales y poco remunerados. Perry, hijo de una india cheroqui y un pelirrojo irlandés, pintaba, escribía, tocaba la guitarra y su sueño era estar en una tarima y que todos le aplaudieran por su magnífica presentación. Dick era el deportista blanco que todos admiraban en el colegio y un entusiasta de las matemáticas. Su sueño era ir a la universidad. Ellos son los pobres diablos que no se resignaron a serlo y decidieron dispararle al sueño americano.

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Dick Hickock y Perry Smith

A sangre fría es el resultado de seis años de investigación y de la obsesión de un hombre por reconstruir todos los hechos y mostrar todos los puntos de vista. Quizá es el libro que todo periodista quisiera escribir, pues aunque Holcomb es un pueblo olvidado y su gente ordinaria, Capote hizo los acontecimientos relevantes. Y es que ciertamente el asesinato a sangre fía de una familia es un hecho relevante en sí mismo, pero, lamentablemente, olvidable: por los mismos días se presentaron asesinatos parecidos y nadie los recuerda porque no hubo quien contara el cuento. Esto también nos dice que el periodismo es efímero y los titulares, por más desgarradores que sean, simple amarillismo. Las personas olvidamos rápido y dejamos los recortes de los periódicos en cajas que con los años cubren las arañas. Por eso Capote hizo bien en abandonar su intención inicial, escribir un artículo sobre cómo el suceso influyó en el pueblo, y hacer una novela de no ficción, ya que la literatura, si está bien escrita, es imperecedera. A sangre fría, aun con título amarillista, lo es.

El éxito fue total: Truman Capote se consolidó como uno de los grandes escritores del siglo XX. El baile en blanco y negro lo confirmaba. La fiesta dejó atrás el sinsabor de la pena de muerte y de las amistades construidas a lo largo de la escritura de la novela. Él retornó a donde pertenecía: al mundo de las cámaras, la fama, la moda y de la alta sociedad. Su voz chillona, tan insoportable que solo un murciélago podía aguantar, como decía su amigo Tennessee Williams (el dramaturgo), acaparó la velada. Tal vez todos eran murciélagos que sedientos de sangre celebraban la muerte a sangre fría de seis personas que dejó la noche del 14 de noviembre de 1959.

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Perry Smith y Truman Capote
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