Quién quiere ser madre, novela de Silvia Nanclares

Por: Maria Fda. Cardona

Estoy en el aeropuerto de Río Negro esperando que sea hora de abordar mi vuelo. Me sudan un poco las manos y trato de entretenerme observando al señor del lado leyendo un libro, a una niña llorando porque la mamá no le quiere comprar un dulce, a una señora alegando por el celular porque no le quieren pagar un préstamo. Me empieza a doler la cabeza y siento los ojos pesados. Camino para despertarme y termino entrando a una librería. Veo los estantes, cojo uno que otro libro y lo guardo de nuevo. En uno de los estantes saco Quién quiere ser madre de Silvia Nanclares y leo, en la contraportada, “Silvia se enamora y poco después pierde a su padre”. Compro el  libro.

Estoy en el aeropuerto porque mi abuelo murió y en los días anteriores fui por primera vez a un funeral, recibí mi primer abrazo de pésame y sentí qué es tener un hueco en el estómago y temer de que así sea de ahora en adelante. También aprendí que cualquier momento en el que logres apartar la tristeza la culpa viene y te hace sentir una mierda. Otra cosa nueva es que buscas señales en todas partes, aunque abiertamente te proclames atea. Como ayer, cuando me encontré a un sacerdote en el ascensor y se me aguaron los ojos, o como hoy, que veo el libro de Silvia, leo muerte del padre y me convenzo que debo comprarlo.

***

Empiezo esta reseña de Quién quiere ser madre contando qué pasaba por mi vida en ese momento porque lo que yo estaba viviendo hizo que me identificara con Silvia. Sentí que ese libro era el que debía leer en ese preciso instante y no me equivoqué. Supe por qué dicen que la literatura nos puede salvar. Esta novela autobiográfica narra qué pasa cuando decidimos que es hora de ser madre y no podemos serlo, pero también nos cuenta qué sentimos cuándo perdemos una vida: “Si he acompañado a mi padre en su muerte, la vida me debe otra vida”.

Unos días después de la muerte de su padre, Silvia llega a los 40 años, y aunque lleva pocos meses en una relación con Gabriel, deciden irse a vivir juntos y tener un hijo, al que llamarán Valentín o Valentina. Pero mes a mes, Silvia recibe la menstruación, la campanita que le dice que esta vez no, que tal vez después.  La obsesión, la tristeza, la ansiedad son narradas de forma honesta en Quién quiere ser madre, pero también cómo el deseo de ser madre “te calienta, te hace arder”, en palabras de Gabriela Wiener.

No es una novela para mujeres. Es una novela para quien quiera entender qué sentimos los personas cuando tomamos una decisión que parte en dos nuestras vidas, cómo una pareja (sea heterosexual, homosexual o de cualquier otro tipo) vive ese momento, cómo los años empiezan a pesarnos y a hacernos dudar de decisiones pasadas y cómo nos obsesionamos cuando nuestros intentos por cumplir nuestras metas no dan frutos.

Además, es una novela que aunque trate de la maternidad, no te quiere convencer de ser madre, pero sí de que el hecho de ser madre o de querer serlo no te hace menos feminista. Ese es precisamente uno de los conflictos de los que Silvia, en su proceso, se da cuenta: cómo en asuntos de la maternidad el feminismo se ha limitado a declarar que las mujeres no necesitamos ser madres para ser mujeres. Y se pregunta cosas como ¿qué pasa cuando queremos serlo? ¿Por qué no nos explican cómo funciona nuestro cuerpo, nuestro útero, las trompas de Falopio y los ovarios? La respuesta es que sabemos mucho de cómo no quedarnos embarazadas, pero nada sobre cómo quedarnos, pues la “sabiduría acerca de la anticoncepción es el valioso fruto de la lucha histórica del feminismo. Pero para la otra batalla, la del conocimiento de nuestro cuerpo, la de la salud reproductiva, nos hemos quedado con las fuerzas mermadas”.

Y siempre, en la lucha por ser madre, está el recuerdo de su padre, la culpabilidad por olvidarle a ratos, la tristeza porque la vida no le paga lo que le debe, la obsesión por tener un hijo como una forma de ignorar el duelo. Es una novela sobre cómo mientras unos mueren otros buscan nacer.

***

Cuando terminé el libro de Silvia volví a leer un fragmento del segundo capítulo que resume lo que yo siento pero que a diferencia de ella no he podido poner en palabras: “El tiempo entre mi padre y yo se ha terminado. Entre mi padre y mi madre. Entre mi padre y el mundo. Con rotundidad. Así nos golpea la falta de un cuerpo. Una historia clausurada. Algo inexorable en nuestro mundo de opciones aparentemente reversibles”.

Era el momento para leer a Silvia Nanclares.

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