“El rayo marica”, un poder que transgrede lo políticamente correcto

Todo es rosa, o lila, o azul cielo, o amarillo, o cualquier color pastel que exprese feminidad. Pero no es una mujer quien protagoniza esta historia; es La Zay, un hombrecito gay que enfrenta al mundo con su único poder: el “rayo marica”. Su creador es Zay Cardona, quien carece de pudor para hablar de homosexualidad, heterosexualidad, relaciones sexuales, amistad, amor. Con Mariquismo Juvenil este paisa se burla de todo lo que lo rodea. La corrección política no está en su vocabulario.

Por: Maria Fda. Cardona

Fotografía: Sebastián Niño Villabona

En el patio de una casa vieja de Teusaquillo –tan vieja como para tener patio exterior– se lleva a cabo un evento de diseño independiente. Venden ropa y accesorios, estampan camisetas y hacen tatuajes flash –escoges el diseño y pagas $50.000–. La entrada cuesta $5.000 y dan una cerveza –la mía, lastimosamente, está al clima–. Son un poco más de las cinco de la tarde y estoy buscando a Zay Cardona, el creador de Mariquismo Juvenil, un cómic en el que se retrata la vida de La Zay, un hombrecito bigotudo que combate la homofobia con su rayo marica. Zay —el de la vida real— tiene menos cabello y no usa bigote, pero por lo demás se identifica con su personaje: ambos intentan transgredir la heteronormatividad y se burlan tanto de la homofobia como de la homosexualidad.

Zay nació en Medellín, hace dos meses vive en Bogotá y tiene 23 años. Aunque a los 16 “salió del closet”, fue a los 20 cuando aceptó que era un hombre femenino. Estudió diseño gráfico en la Colegiatura Colombiana en Medellín, gracias a una beca dada por el Fondo EPM, y hace un año comenzó con Mariquismo Juvenil. El humor para él es una herramienta política con la que busca transmitir mensajes que diviertan y enseñen. De ahí que con La Zay no solo se burle del machismo, sino también de la homosexualidad y de sí mismo: “Si tú no te ríes de ti, ¿cómo putas te vas a reír de los demás?”, dice.

Y es que la discusión al respecto es larga, pues el humor es un tema controvertido y coyuntural: en la Feria del Libro de 2016 la escritora Carolina Sanín criticó a Matador por hacer un chiste, de sí mismo, usando la palabra “violación” –“A mí una modelo de Soho amenazó con violarme y yo la denuncié”, dijo el caricaturista–. Hace pocos días Daniel Samper Ospina en su columna de Semana se burló del nombre de la hija de la senadora Paloma Valencia, –“A la salida todavía nos temblaban las piernas de la emoción y yo traté de acercarme para la foto con la doctora Paloma, pero ya se iba para la casa a ver a la niña. Dios mediante la cuide y busque el varoncito para quedar con la pareja. Le podría poner Opio”, dice, entre otras cosas, el artículo–, chiste que fue criticado y por el que se ganó que el ex presidente Álvaro Uribe Vélez le dijera, en su cuenta de Twitter, “maltratador de niñas recién nacidas”. Y yendo un poco más atrás y con consecuencias más graves, en 2015 el semanario Charlie Hebdo fue atacado por Yihadistas tras reiteradas publicaciones en las que este se burlaba de Mahoma.

Todo esto pone sobre el tapete la pregunta por los límites del humor.

Lo anterior crea el fenómeno de lo políticamente correcto, que no es más que establecer temas intocables para los humoristas, como la homosexualidad, el feminismo, la infancia, las minorías raciales y las creencias religiosas. Así, desde esta óptica, los chistes sobre mujeres son vistos como misoginia, sobre gays como homofobia, sobre negros como racismo, sobre transexuales como transfobia, sobre hombres como “feminismo trasnochado” (tal y como le dijeron a Carolina Sanín, en la FILBO del año pasado, que era su feminismo). El comediante Jim Norton, sobre lo anterior, dice que nos hemos convertido en una sociedad de niños donde cada vez que alguien habla de algo que no nos gusta, prendemos un botón de alarma. Y el filósofo Roberto Palacio, en La adrenalina de la indignación, nos pide que consideremos los ámbitos de la vida que ahora son inaccesibles a la risa: “La insufrible solemnidad de los economistas, la agelastia de las feministas”.

Zay no es de los que cree que hay ámbitos de la vida inaccesibles a la risa. Para él, “el humor no es para tomárselo como algo personal. Soy partidario de que todo el mundo puede expresar lo que quiera en redes sociales y puede hacer humor sin ser censurado”. Esto me lo dice mientras estamos sentados en una banca de parque cerca a la casa del evento. Sus movimientos son femeninos y deja claro que el rosado no es solo para La Zay: usa una camiseta de este color con dibujos de huevos fritos, una chaqueta roja, un choker de tira transparente y taches, jean entubado y zapatos de plataforma plateados y brillantes. Y mientras sostiene un cigarrillo explica que “Mariquismo Juvenil pretende entretener y educar. Es una burla hacia el machismo y hacia mí mismo (lo que incluye una comunidad). Se trata de hablar de lo que pasa a mi alrededor mientras hago una crítica social”.

Una escena de la vida de La Zay puede resumirse así: un hombrecito con corte hongo, ojos grandes y abundante bigote que casi siempre está vestido con colores pasteles y que va por la vida siendo el centro de atención porque rompe con los roles tradicionales de género –que un amigo le diga que ahora que es gay no comience a vestirse como mujer o que siempre cuando juega Super Mario en Nintendo le digan que tiene que ser la princesa Peach porque “ella es muy gay”– y lanzando el rayo que todo lo feminiza. Zay también ha sido víctima –uso esa palabra aunque él me dejó claro que la odia– de lo políticamente correcto. Hace unos meses publicó una imagen donde La Zay decía que “hubiera preferido ser violado” que aplicarse Benzetacil (penicilina). La consecuencia fue que grupos feministas denunciaron la publicación en Facebook alegando que promovía la violación. Días más tarde, Zay cambió el diálogo:

—Ay, pero qué niño tan flojo. Sí, el Benzetacil duele pero tú gritas como si te estuviera metiendo mi verga de 25 cm por el ano como si no hubiera mañana (obvio con tu permiso), dice el enfermero.

—Hubiera preferido eso, responde La zay.

De nuevo, la imagen fue denunciada. Pero las cosas no pararon ahí: la cuenta de Zay fue reportada masivamente y eliminada por Facebook. El resultado: Zay creó otra cuenta y la experiencia de La Zay con el Benzetacil no volvió a ver la luz del día.

17 para bobos17

Todos los machismos y cuestionamientos de roles que están en la vida de La Zay, Zay los apropió y los redefinió. Por ejemplo, dice que no le importa que le digan maricón –no es casual que su cómic tenga el nombre “mariquismo” y que su poder sea el “rayo marica”–, pues se trata de volver humor a todo eso que lo ataca. “Es una palabra que se dedica a denigrar a alguien por su condición de feminidad en lo masculino, pero que yo la amo porque es una forma de disidencia sexual. Yo soy consciente de mi identidad de género y adopto una palabra que me vilipendia, pero la utilizo para sentirme orgulloso de que no encajo en una normalidad. Maricón, para mí, tiene carga política”.

Pero no todo el mundo piensa como Zay. Por ejemplo, tras lo sucedido en la Universidad de los Andes con Carolina Sanín, profesores del departamento de psicología de esa institución sacaron un comunicado donde condenaron el humor sexista u homofóbico: “Tomar en serio los chistes con connotaciones sexistas u homofóbicas es fundamental para comenzar a transformar las normas sociales que sustentan la violencia basada en el género”. De manera que el humor es comparado con la ofensa, tal como le dijo Carolina Sanín a Semana: “Hay un ‘bromismo’ chabacano, que se confunde con la frivolidad y el sadismo. Es muy elemental, poco original y poco creativo y, por lo que he visto, se limita al remedo, a la ofensa por la ofensa”. O como escribió en su cuenta de Facebook tras el incidente con Matador: “Chabacanería no es automáticamente humor, aunque en este país de cuentachistes y gracejos en las paredes de las fondas paisas nos hayan dicho que sí”.

Para Daniel Samper Pizano, como dijo en un discurso en la Universidad Central refiriéndose a lo sucedido con el semanario Charile Hebdo, las posturas de lo políticamente correcto “procuran hacerles exodoncia a los colmillos y manicure al tigre del humor; quitarle fuerza a su mordida, limitar sus garras, despojarlo de toda arista que pueda herir alguna susceptibilidad y ofender mínimamente al otro”. Es de esta manera que lo políticamente correcto nos dice que no hablemos de “pobres”, sino de “población en condición de vulnerabilidad”, o que no hablemos de “negros”, sino de “afrodescendientes” (al respecto, Samper Pizano se pregunta, a modo de chiste, si en lugar de decir “¿Qué será lo que quiere el negro?”, deberíamos decir “¿Qué será lo que quiere el afrocolombiano?”).

 La discusión es larga, pues es verdad que las minorías han tenido que luchar arduamente por sus derechos, por lo que el humor puede verse como una forma de discriminación que reproduce los estereotipos: que las mujeres son débiles, que todos los gays son peluqueros, que los negros solo sirven para cargar cosas. No obstante, esto choca con la exaltación de la libertad de expresión característica de las sociedades liberales. La risa, entonces, parece ser un arma de doble filo y contradictoria: libera las tensiones sociales al mismo tiempo que las agudiza. En la banca del parque, Zay me dice que hay que reírnos de los chistes, pero también analizar qué hay detrás de eso: “¿Hay machismo, misoginia, homofobia? ¿O solo es una mirada despreocupada de alguien que se quiere reír?”.

Y es que el machismo ha estado presente en la vida de Zay. Sin embargo, procura reírse de ello y utilizarlo para nutrir su discurso y reafirmar su posición. Por ejemplo, cuenta que entre la misma comunidad gay hay quienes se sienten superiores por ser activos y denigran a los pasivos porque son los que cumplen el rol de mujer en la relación sexual. Él responde a eso vistiéndose de mujer –como hizo en su grado de la universidad al que asistió con falda y blusa–, con La Zay y aceptando que lo femenino no es mejor ni peor que lo masculino. Pero quizá hay un evento que más recuerda: cuando tenía 7 años era un niño que amaba a Shakira e imitaba su baile. Sus movimientos eran ornamentales y femeninos. Pero un día su mamá regañó a su hija por enseñarle esos pasos al niño de la casa, pues él debía ser un varón. “Esa frase, ‘él es un varón’, se me quedó metida en la mente. Toda la vida la he tenido presente. Es machismo que te digan que no puedes tener un movimiento femenino porque eso es de mujeres”, dice. Pero quizá el rayo marica de La Zay tocó a los padres de Zay, pues pasaron de decir frases como sacadas de El gran varón, la canción de Willie Colón, a aceptar y apoyar a su hijo.

Zay prende otro cigarrillo, nos paramos de la banca y, mientras caminamos, continuamos conversando sobre La Zay. Entramos al evento, reclamamos nuestra cerveza, miramos accesorios, compramos collares –él uno de fantasía plateada y yo un chocker negro con un corazón– y hablamos sobre sus posiciones políticas –que le gusta el feminismo, pero no ese donde la mujer se cree superior, que no es de derecha, pero tampoco de izquierda…– hasta que una frase sale de su boca y finaliza el tema:

—Tienes razón, odio los extremos.

***

Este artículo hace parte del especial “Micromachismos”, realizado por estudiantes del curso Periodismo digital de la Maestría de Periodismo de la Universidad de los Andes.

https://micromachismo.wixsite.com/especial

Advertisements

1984, una novela incómoda

Por: Maria Fda. Cardona

Ilustración: Edd Muñoz

Eric Arthur Blair, más conocido por el seudónimo George Orwell, es un escritor controversial y, si se quiere, incómodo. Su literatura ‒en la que se incluyen crónicas, reseñas literarias, ensayos y novelas‒ manifiesta la preocupación por los acontecimientos sociales de su tiempo. Fue un crítico de fenómenos políticos que involucraron al mundo, como el imperialismo inglés y el auge de los totalitarismos del siglo XX, y de hechos sociales simples y cotidianos que afectaron a las minorías, como la vida de los vagabundos en los albergues londinenses. Su grandeza reside en que tuvo la lucidez para alzar la voz, y la pluma, para denunciar lo que consideraba incorrecto, aun cuando eso implicara cambiar de opinión.

Los escritos de Blair reflejan que su pensamiento no es un todo compacto que puede rastrearse desde el comienzo de su carrera literaria, sino que es el producto de distintas experiencias que lo llevaron de un lado a otro y que hicieron que sus opiniones se transformaran y maduraran en el proceso. Así, hay un joven Blair que fue a Birmania siendo parte de la Policía Imperial, y que se devolvió a Londres odiando el imperialismo (Los días de Birmania, 1934). Hay un Blair que vivió en las calles de París y Londres, y que se concientizó de la situación de los vagabundos (Sin Blanca en París y Londres, 1935). Hay un Blair que presenció la explotación obrera durante un viaje por el norte de Inglaterra, y se acercó a las ideas socialistas (El camino a Wigan Pier, 1937). Hay un Blair que combatió en la Guerra Civil Española en el bando comunista, y que retornó a Londres decepcionado del comunismo (Homenaje a Cataluña, 1938). Y, finalmente, hay un Blair que, desde las experiencias vividas, tiene claro su pensamiento político: rechazo a cualquier régimen, sea de índole capitalista o socialista, que niegue la libertad. Es este último Blair el autor de sus obras más célebres: Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949).

Es esa relación entre realidad, experiencias vividas y literatura lo que hace a Orwell un escritor incómodo. No tuvo miedo de escribir sobre los acontecimientos que presenció, de criticar lo que tiempo atrás aceptaba, de superar ideologías y de, ante todo, reivindicar la conexión entre los hechos y la verdad. La verdad, nos dice Orwell en la mayoría de sus escritos, se encuentra en los hechos y no en lo que dictamina una autoridad. Sobre esto último trata 1984, su última novela.

George Orwell nos ubica en el Londres de 1984, en un contexto deshumanizado, totalitario, violento y en el que el hombre, conscientemente, renuncia a su calidad de individuo para hallar libertad en la esclavitud. Nos encontramos, en pocas palabras, en el mundo del doblepiensa (double-think) y la locura colectiva.

En algún momento de los años cincuenta, que resulta imposible rastrear para los habitantes de la distopía orwelliana, el Socing (Partido Socialista Inglés) adquiere el poder político. Reino Unido y Estados Unidos, naciones en las que históricamente el liberalismo ha sido más fuerte (recordemos que los totalitarismos del siglo XX no los conquistaron), se convierten en un Estado: Oceanía, lugar donde vive Winston Smith, el protagonista de la novela. Por si fuera poco, Orwell no se contenta con destruir el liberalismo característico de estas naciones; la pérdida de libertad es universal. El mundo ahora está dividido en tres Estados totalitarios: Oceanía, Esteasia y Eurasia.

Que el mundo sea totalitario implica que la esperanza de los habitantes de los Estados está abandonada. Ellos no conocen nada diferente a lo que la autoridad dice. La historia ha sido destruida y remplazada por la verdad del Partido. No hay lugar para la diferencia y la libre personalidad. Todos los valores que consideramos esenciales para que el individuo se desarrolle no existen en 1984, en especial porque allí no hay individuo. Este es el contexto al que se enfrenta Winston Smith, un hombre de 39 años, un poco débil y con una úlcera en un tobillo.

Smith vive en Londres. Su apartamento pertenece al Partido ‒como el de todos los miembros del Socing‒ y es vigilado todo el tiempo por la telepantalla (un aparato que constantemente transmite la programación oficial y que, cuando es necesario, se comunica con los ‘súbditos’ para decirles qué hacer o qué están haciendo mal). En Oceanía, por lo tanto, no se conoce qué es la vida privada, y la policía del pensamiento garantiza que siga siendo así. Su misión es proteger una de las consignas del Partido: «La libertad es la esclavitud». La consecuencia es que los hombres entregan libremente su libertad para ser esclavos del Hermano mayor (también llamado Gran Hermano, dependiendo de la traducción). Ser esclavo, contrario a la connotación peyorativa del término, es un honor; es una cualidad que eleva al hombre a un estado superior sobre quienes no lo son (detractores y proles).

Vemos que el Socing controla todo: los actos, el pensamiento y las emociones. Es omnipotente, omnisciente y omnipresente. De manera que aunque el Dios de la tradición cristiana es abolido, y no para liberar al hombre, se crea otra divinidad, cuyo carácter es político: el Hermano Mayor. Este es el líder de la revolución, quien es adorado por todos y quien está en todas partes para «siempre cuidar de ti». Tú no puedes escapar de su poder, sin embargo, ¿por qué querrías escapar del Hermano Mayor si lo adoras y aceptas su cuidado? De modo que obedeces al Partido no simplemente por obligación o miedo, también lo haces porque comprendes y aceptas que mediante la esclavitud se accede a la libertad.

Que la libertad sea la esclavitud, o que la esclavitud sea la libertad, es una contradicción lógica por donde se analice. No obstante, es aquí donde aparece el recurso del doblepiensa, el cual conduce necesariamente a la locura colectiva. El doblepiensa es la posibilidad de creer en dos verdades contradictorias, en usar una negando la otra, en cambiar de opinión cuando se necesite y en olvidar ese acto de hipnosis. Es una humillación al pensamiento que posibilita soportar el mundo del Socing. Decimos que el doblepiensa nos lleva a la locura colectiva porque nos convence de que la verdad es lo que dice una autoridad (aunque cinco minutos antes dijera otra cosa).

En una parte de la novela, Winston se dice a sí mismo que la cordura no es cuestión de estadística: aunque la mayoría de personas crean algo que contradice los hechos, y una minoría, así sea de uno solo, creyera lo que estos le muestran, esta sería la cuerda y la mayoría la demente. Como vemos, el problema de Winston es que carece de la cualidad del doblepiensa, carencia que hace que el mundo del Socing le resulte insoportable. Es por esto que Smith, desde que comienza la novela, nos dice que está condenado.

Sobre lo anterior podemos preguntarnos lo siguiente: ¿vale la pena defender una idea verdadera por honor a la verdad cuando no nos ayuda a enfrentar nuestros problemas diarios y, en su lugar, nos condena a la desgracia? En el caso de Winston de nada le ayudó. Él desde el principio sabe que está condenado; su vida, en el momento en que decide ser un crimental (criminal mental) se convierte en la espera por conocer el Ministerio del Amor, el cual, contrario a su nombre, es el sector del odio, la tortura y la cordura. ¿O locura? Depende de la perspectiva. Allí el traidor, a través de métodos violentos, comprende al Partido y aprende a amar al Hermano Mayor.

Orwell, sin duda, nos está preguntando si deseamos que nuestro futuro tenga las características expuestas en 1984. No es una novela profética, como han dicho a quienes les encanta mostrar en qué acertó o erró el autor; es una advertencia. No se está describiendo un futuro que irremediablemente tendrá un carácter totalitario, pero sí nos invita a abandonar la indiferencia respecto a procesos políticos que niegan la libertad, la igualdad, la justicia y la democracia en pro de un bien mayor (que a largo plazo resulta ser un mal).

La crítica que Orwell realiza a la sociedad hace que sus escritos estén plagados de incomodidad. Él, en lugar de quedarse callado, defendió el libre pensamiento y expresó, en diversas formas literarias, sus ideas. 1984 es una novela incómoda: denuncia las utopías, rechaza los procesos políticos que niegan la libertad y nos dice que en un país como Inglaterra también puede desarrollarse el totalitarismo ‒y va más lejos: también en Estados Unidos, supuesto garante de la democracia‒. Y aún hay más: es incómoda porque no toma partido por el capitalismo, pues este es tan perjudicial como el socialismo cuando no garantiza la libertad.

 

“Felicidad” dominical

Por: Maria Fernanda Cardona

Es domingo y el almuerzo familiar no logró disimular el tedio. En el extremo izquierdo del sofá gris hay una señora que no se mueve. Su expresión, vacía, como los ojos de un gato somnoliento. Y aunque al lado de esos 150 kilos y kilómetros de grasa flatulenta empaquetada en un vestido de floresitas blanco hay un periódico dominical, la señora no lo lee. Bien dijo García Márquez: “Así sentadas, esas reverendas damas empiezan a bostezar, a tratar de dormirse sin quererlo, a disfrutar del fastidioso placer de coquetear con el sueño sin darle tregua a la vigilia. Ese espectáculo —dos minutos después de iniciado— será suficiente para convencer al más incrédulo de los espectadores de que nada hay tan contagioso como la modorra, practicada dignamente por una dama de las dimensiones expuestas, y que —por las mismas razones— nada se parece tanto a una tarde de domingo en la ciudad como una señora sentada”.

Los domingos son los días de felicidad por excelencia. En el parque los niños juegan, en las camas las parejas se abrazan, en los cines las familias se embuten de crispetas, en las calles los deportistas montan bicicleta. Pero yo soy como la señora de 150 kilos sentada en un sofá mientras coquetea con el sueño. Por eso, Fastidio de domingo —nota que Gabo escribió en febrero de 1950 y que hoy pertenece a la colección Textos costeños, obra periodística I, de la editorial Mondaroni— es como la soga que le falta al suicida: donde todo es mediocre. Pero aclaremos algo: no porque el texto de Gabo lo sea, sino porque expresa de manera precisa qué es una tarde de domingo. “Los domingos —y si son tan dominicalmente dignos como el que acaba de pasar— cualquier libro es mediocre y cualquier cine, así dure seis horas el espectáculo, no será nunca lo suficientemente completo para solucionar el problema del fastidio”.

Los domingos no son solo esa señora sentada. También son como la historia que contó Vila-Matas en Bartleby y compañía: el escritor que quiso escribir sobre una ciudad cuyos habitantes quedan ciegos súbitamente y, cuando se puso manos a la obra, descubrió que Saramago ya había escrito Ensayo sobre la ceguera. Son intenciones destruidas por la inutilidad y deseos por la falta de talento. ¡Todo está mal los domingos! “Solo un esfuerzo de voluntad nos impide entonces salir a la calle vestidos con la desabrigada piyama de la madre naturaleza repartiendo garrotazos a diestra y siniestra, que debió ser la forma en que los trogloditas celebraron sus fiestas patrióticas”.

Hoy, cuando leí la nota de Gabo, sentí que alguien, por primera vez, definía lo que son los domingos. Ahora la ansiedad está justificada. Solo discrepo en una cosa con Gabo: no solo las señoras de 150 kilos y dos metros de ancho parecen un domingo. También las hay delgadas y jóvenes que con solo verlas expresan “una cola fastidiosa y absurda” donde sus ojos cansados, espalda jorobada y piernas sin vida esperan impacientemente que se acabe el día, para después decir:

—Hola, lunes. Si ayer tenía la pistola pero no las balas, hoy sí voy a la tienda.

 

Les dejo la nota de Gabo:

Fastidio de domingo

Se me pregunta por qué la jirafa no merodea los lunes y respondo con toda la formalidad exigida por el padre padre Astete: “La jirafa no merodea los lunes porque tendría que ser escrita en la tarde del domingo, lo cual es sustancialmente imposible”. Nada se parece tanto a una tarde del domingo como una señora sentada. Pero no una esbelta y aclimatada señora propietaria de una corpulencia de condiciones decorativas, sino una de esas señoras rabiosamente antisindicalistas, con ciento cincuenta kilos de peso y dos metros de ancho, que se sientan a hacer la digestión después de un almuerzo espectacular. Así sentadas, esas reverendas damas empiezan a bostezar, a tratar de dormirse sin quererlo, a disfrutar del fastidioso placer de coquetear con el dueño sin darle tregua a la vigilia. Ese espectáculo -dos minutos después de iniciado- será suficiente para convencer al más incrédulo de los espectadores que nada hay tan contagioso como la modorra, practicada dignamente por una dama de las dimensiones expuestas, y que – por las mismas razones – nada se parece tanto a una tarde de domingo en la ciudad como una señora sentada.

Es posible que un miércoles o un viernes alguien se encuentre, de repente, con que ha perdido la imaginación de distraerse. Pero es casi seguro que en esa ocasión un buen libro o un mal cine pueden descubrir el secreto paraíso de la distracción codiciada. Los domingos no. Los domingos -y si lo son tan dominicalmente dignos como el que acaba de pasar – cualquier libro es mediocre y cualquier cine, así dure seis horas el espectáculo, no será nunca lo suficientemente completo como para solucionar el problema del fastidio. El domingo, ya en las horas de la tarde, el caballero más refinado empieza a perder su barniz de civilización, se vuelve analfabeto, insociable, y casi completamente antropófago, porque son las seis horas de la catástrofe semanal destinadas a conmemorar los días bárbaros de la edad de piedra. Solo un esfuerzo de voluntad nos impide entonces salir a la calle vestidos con la desabrigada piyama de la madre naturaleza y repartiendo garrotazos a diestra y siniestra, que debió de ser la forma en que los trogloditas celebraban sus fiestas patrióticas.

De allí que el domingo sea, vertebralmente, un día equivocado, inútil, que debió pasarse de contrabando cuando los astrónomos tomaron las medidas del tiempo humanamente soportable.

Por eso no acostumbro a escribir los domingos. Porque entiendo que la semana es un vestido que le queda demasiado grande a todos los hombres. El número justo es de seis días y hasta de seis días y medio si se prefiere la ropa holgada en un clima como el nuestro. Pero por mucho que se ajusten las costumbres, por mucho que se le borden arandelas y se le inventen bordes plegadizos al ancho vestido de la semana, siempre la tarde del domingo le sobrará al hombre de la ciudad y le quedará arrastrando como una cola fastidiosa y absurda.

 

Gabriel García Márquez

Publicada en el Heraldo de Barranquilla el 7 de febrero de 1950

De fiesta en París

Por: Maria Fda. Cardona

En un café parisino de principio de los años 20 hay un joven escribiendo cuentos que después envía a una revista o periódico estadounidense y por los cuales le pagan muy poco, pero lo suficiente para vivir con su esposa, una mujer sonriente, blanca, con cabello dorado y ojos azules que, cariñosamente, lo llama Tatie. El café es caliente, limpio y amable, y le permite huir del mal tiempo característico de finales de otoño. Ese tipo de cafés serán su guarida los próximos años, pues es allí donde Ernest Hemingway escribe, se reúne con amigos, toma unos tragos y, cuando el bolsillo se lo permite, cena. París era el lugar donde con poco dinero se vivía bien, perfecto para un joven escritor.

La experiencia de esos años del escritor estadounidense está consignada en París era una fiesta, un libro autobiográfico que escribió 30 años después de vivir en París y que publicó Mary, su cuarta esposa, en 1964, 3 años después de la muerte de Hemingway. Esta es una obra controvertida porque Mary organizó el libro a partir de notas y manuscritos de Ernest y porque no se sabe a ciencia cierta cuánto de lo que contó Hemingway allí es verdad. En el prefacio del libro él mismo dice que si los lectores preferimos podemos considerar esta obra como ficción, pero que guardemos la posibilidad de que lo que allí cuenta nos muestre cómo eran las cosas.

No es un secreto que la relación ficción – realidad es compleja. Muchos escritores utilizan sus vivencias personales o las de otros, las exageran y las tergiversan para crear historias literarias. Esto es permitido y aconsejable cuando hablamos de literatura, sin embargo, cuando se trata de crónicas, perfiles, biografías y autobiografías no lo es. Quizás Hemingway no buscaba escribir una obra verdadera, pero al utilizar su nombre, el de su esposa y amigos y relatar hechos y viajes realizados, nos mete en aprietos, ya que no sabemos en qué género encasillar este libro ni dónde comienza y termina la realidad. No sabemos si hablamos con el Hemingway que escribía periodismo, con el que escribía ficción o con los dos.

París era una fiesta se puede leer como una novela de un joven escritor que conoce a la élite intelectual de la época y que poco a poco se abre camino en el mundo de la literatura, como las crónicas del joven Hemingway cuando vivía con su primera esposa, Haldley Richardson, en un pequeño piso y luchaba por convertirse en un escritor reconocido, o como el perfil de los artistas que vivían en el París de los años 20. Pero para no limitar los alcances del libro, se puede leer de las tres formas. No obstante, recordemos que al ser narrado por los recuerdos, con todas las virtudes y defectos que trae consigo recordar, hay hechos que no son totalmente ciertos, mas no por ello falsos. Se trata más bien de no olvidar que leemos un punto de vista. Sin duda los mismos hechos narrados por Scott Fitzgerald, a quien Hemingway perfila con mucho humor, serían contados de otra forma.

Hay una duda que deja el libro: ¿por qué Ernest Hemingway, un escritor solitario que rehuía de los periodistas, escribe una obra donde expone su personalidad? Milt Machlin cuenta que en los años 50, cuando Papá (así llamaba a Hemingway) vivía en Cuba, intentó entrevistarlo tres veces. En la primera, tras muchos esfuerzos del periodista Hemingway accedió a hablar pero con la condición de que no publicara la conversación, en la segunda le prometió que la próxima vez sí le concedería una entrevista publicable y en la tercera hablaron más de pesca que de la vida e intimidad del escritor. El resultado: la nota de Milt giró sobre sus intentos por entrevistar a “el mejor escritor del mundo y a la mayor autoridad en caza, pesca, ingesta alcohólica y otras viriles ocupaciones”.

La verdad es que es un texto bien logrado donde el periodista no logró que Hemingway respondiera alguna pregunta acerca de su obra o vida privada, pero que por las escenas que recrea construye una imagen de él: conocemos que odia a los periodistas, aun cuando él lo fue, que sus amigos se alejan del mundo artístico (son pescadores, meseros, bármanes, bebedores), que “además de ser escritor y un gran lector, Papá es uno de los menos artísticos bastardos que imaginarse pueda, al menos por fuera” y que “escucha más que habla, y si no se anda uno con ojo, acaba concediéndole una entrevista en vez de obteniéndola”.

La tarea de construir la personalidad de “Papá” emprendida por Milt es la misma que el propio Hemingway realiza con la escritura de París era una fiesta: nos acercamos a él cuando era un pobre escritor que luchaba por publicar sus cuentos en revistas norteamericanas, cuando sus amigos pertenecían al círculo artístico de París, cuando su porte era el de un intelectual, cuando amaba a su primera esposa y cuando era muy pobre pero feliz. Sin embargo, no sabemos por qué Hemingway pasa por encima de su amor por la privacidad y nos cuenta todo esto. Tal vez solo intentaba revivir viejos tiempos, mejores, más felices y tranquilos.

Hemingway está en un piso modesto y con escasos muebles. Hay una cama matrimonial, una cuna y un escritorio. Mr. Bumby, como llama Ernest a su hijo, duerme en la cuna con el gato, y Hadley y Tatie están tendidos en la cama. “Pero París era una ciudad muy vieja y nosotros éramos jóvenes, y allí nada era sencillo, ni siquiera el ser pobre, ni el dinero ganado de pronto, ni la luz de la luna, ni el bien ni el mal, ni la respiración de una persona tendida a mi lado bajo la luz de la luna”.

ErnestHemingwayHadley1922

Tobermory, cuento de Saki

Por: Maria Fda. Cardona

En una típica casa de campo de finales del siglo XIX hay una típica fiesta con típicos invitados victorianos: nobles que parecen cordiales, honestos y felices. Como es verano en Inglaterra, esa estación indefinida en la que no hay nada que cazar, la reunión se celebra dentro de la mansión campestre de la señora y el señor Blemley. Además llueve y hace frío. En la familia Blemley hay un integrante extremadamente inteligente para su condición: Tobermory, el gato. Un día, después de una semana como alumno de Cornelius Appin, un excéntrico científico, Tobermory comienza a hablar. Esa invención es, dice Appin, más grande que la de la pólvora, la imprenta o la máquina de vapor. Cuando el gato hace su aparición triunfal, la multitud se aterra, pero no por el don del felino, sino porque él, cuyo pasatiempo favorito es caminar por la balaustrada que está en frente de la mayoría de las habitaciones, conoce qué hace cada huésped en su intimidad.

En la sociedad victoriana la posibilidad de que se conozcan los secretos, por más mínimos que sean, es una catástrofe, pues todos viven de las apariencias y la cordialidad. Hector Hugh Munro, más conocido por el seudónimo Saki, mostró, como lo hicieron otros escritores de la época, por ejemplo, Oscar Wilde, qué hay detrás del puritanismo que los nobles pregonan. Entonces, que de un momento a otro Tobermory entre a la estancia donde los invitados de sus amos toman té tranquilamente, muestre sus nuevas habilidades y le de igual lo que los otros piensen, es motivo de inquietud, pero no por lo sobrenatural del asunto, sino porque el gato empieza a contar cosas: que los Blemley piensan que la señora Mavis es bruta, que la señora Cornett dice que los Blemley son las personas más aburridas del mundo aunque lo suficientemente inteligentes para contratar a una cocinera de primera…

El grupo está asustado. “¡Hay que tomar cartas sobre el asunto!”, exclaman. El pobre Tobermory representa un peligro para el orden natural de las cosas, para las fiestas, para los excelentes banquetes de los Blemley. Para una vida ociosa donde hay que tener buenas relaciones con los de la misma categoría, humillar a los de abajo, pregonar las buenas costumbres, la moral y la fe. Tobermory es Saki burlándose de esto, es el ojo que todo lo ve.

Si a ustedes les gusta la ironía, el humor y la crítica no pueden dejar de leer este cuento, el cual pertenece a la colección Cuentos mordaces de la editorial Navona. Mucha razón tuvo Graham Greene cuando dijo que “Munro, como si fuera un asaltador de caminos, sólo roba a los ricos; hay detrás de sus historias un riguroso sentido de la justicia”.

Les dejo el link del cuento: http://ciudadseva.com/texto/tobermory/

Feos, sucios y malos de Ettore Scola

En este largometraje de 1976, el director italiano Ettore Scola (quien gracias a esta película ganó el premio a Mejor Director en el Festival de Cannes) nos muestra cómo la miseria, la promiscuidad y el egoísmo son las máximas que siguen los habitantes de un pequeño y paupérrimo barrio a las afueras de Roma. Tal como nos dice el título, aquí todos son feos, sucios y malos, desde el más joven hasta el más anciano.

Por: Maria Fda. Cardona

Giacinto Mazzatella (Nino Manfredi) vive ­­­­­en una miserable casucha de una sola habitación a las afueras de Roma, en la que, como las ratas, sus habitantes se acomodan como pueden. Hasta el momento todo parece casi normal, pues no es más que una familia que vive en condiciones infrahumanas. No obstante, además de la pobreza absoluta, esta familia se enfrenta a la personalidad despreciable de cada uno de sus miembros. Aquí la máxima a seguir es todos contra todos: contra el padre, contra la madre, contra los hermanos, contra los hijos, etc. No hay lugar para el amor y la confianza, tal vez porque no los conocen.

En esta película, Ettore Scola (1931-2016), uno de los más importantes exponentes del cine italiano, satiriza el hacinamiento en el que viven los marginales de Roma y cómo sus deprimentes condiciones de vida sacan lo peor de cada uno, escondiendo, quizá para siempre, su parte digna. Feos, Sucios y Malos es una comedia que describe una realidad que no solo vive la gran ciudad italiana, sino que está presente en todos los lugares donde hay pobreza ‒esperemos que no con las magnitudes de la familia Mazzatella‒.

Giacinto Mazzatella es un infeliz tacaño, millonario por la pensión que recibe a raíz de un accidente, quien cuida tan sigilosamente su dinero que ni siquiera en sí mismo lo invierte. El resto de sus parientes viven a costa suya y desean que muera para apropiarse de su fortuna. Su esposa es cruel; sus hijos, sin escrúpulos; su madre, una vieja loca; y sus nietos, niños que, debido a su entorno violento, no serán muy diferentes de los adultos.

A grandes rasgos, la comedia es un subgénero dramático que se caracteriza por la visión optimista ante la vida –aun cuando los personajes vivan momentos difíciles–, por la narración impregnada de humor y por un final feliz. En el caso de este filme, que pertenece al movimiento cinematográfico denominado Commedia all’italiana, tal optimismo, humor y final feliz son tonos aislados en la historia. Lo que brilla es el pesimismo que nos inspira la cinta y la maldad de sus personajes. Sin duda, se trata de una película que no solo critica a la sociedad y al ser humano, sino también a quienes indiferentes observamos realidades parecidas en nuestra cotidianidad.

La comedia a la italiana fue un género cinematográfico originado en la década de los 50, que perduró hasta finales de los 80. Se caracteriza por mostrar el lado oscuro del crecimiento económico que vivió Italia en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Atendiendo a la película, vemos que mientras el centro (Roma) es tranquilo y próspero, la periferia (donde habitan los Mazzatella) es desordenada, sucia y pervertida. Sus habitantes en ocasiones no parecen seres humanos: viven como ratas, se reproducen como ratas y se comportan como ratas. Incluso conviven con ellas.

Además, hay todo tipo de personajes: desde usureros, comerciantes y amas de casa, hasta modelos de desnudos, ladrones y solteronas amargadas. No obstante, todos tienen algo en común: son unos pobres diablos. Nacidos y criados en las condiciones más paupérrimas que nos imaginemos, ningún personaje de esta película tiene posibilidades de un futuro diferente y digno.

Entonces, si usted, querido lector, decide ver esta película, ¡prepárese! Va a presenciar un mundo desagradable con personajes despreciables y sin esperanzas, aunque narrado magistralmente. Quizá lo que más hay que resaltar es cómo el humor logra que esta tremenda historia sea soportable, ya que de otra manera podríamos sentir náuseas ante tanta realidad.

Viaje al fin de la noche

Por: Maria Fda. Cardona

La Primera Guerra Mundial fue un matadero internacional y, al mismo tiempo, una fuente de inspiración literaria. Gracias a la guerra los escritores tenían algo que contar que interesaba al mundo entero. Así, mezclando realidad y ficción, nacieron novelas que son consideradas obras maestras de la literatura del siglo XX. Una de ellas es Viaje al fin de la noche, escrita por el francés Louis Ferdinand Céline.

Pero la novela de Céline no es un retrato de ese hecho. La Gran Guerra no es más que el comienzo de la historia y una excusa con la que el autor justifica su visión pesimista del mundo y de los hombres. El viaje es un lugar de desconsuelo y amargura donde toda tentativa de felicidad es una burla que el universo nos hace, un aborto, en sus palabras. Con esta novela viajamos por una guerra atroz, una África repulsiva, una América codiciosa y una Francia que en medio de la industrialización ha olvidado el pasado y que, por lo tanto, ha dejado atrás a quienes viven en él, como Bardamú, el héroe de Céline.

Bardamú se aleja de la razonabilidad y esquema de súper hombre característico de los héroes. Él es inmundo, atroz y absurdo. Un héroe crapuloso que se esconde en burdeles y se salva a sí mismo empuñando el miedo, su única arma. El miedo es la virtud, nos dice en más de una ocasión, que nos ayuda a salir de paso. Y eso es precisamente lo que Bardamú busca. Solo el miedo unido a los buenos modales de la servidumbre (mantenerse en su categoría, preguntar el precio de las cosas, responder siempre sí, abandonar toda ambición) ayuda a Bardamú a sobrevivir. Los que están abajo, como él, deben aprender esa enseñanza.

El principio básico de la novela es: los de arriba dominan a los de abajo. Una regla simple que no todos los hombres están dispuestos a aceptar con humildad. Bardamú lo supo y aceptó gracias a la guerra. Allí se dio cuenta de su condición y por eso allí comienza la noche. A él le faltaba el dinero de los grandes que no vivían la guerra, pero la mandaban, y el instinto suicida de los pobres que la ejecutaban. Sin dinero y valentía no tenía más que miedo y soledad. Son estos los amigos que lo acompañan en un viaje que Céline narra mezclando sus vivencias con la ficción, pues no hay nada más horrible e insoportable que la verdad pura. Esta, nos dice el autor, es como para vomitar.

 “Sí, cobarde del todo, Lola; rechazo la guerra y cuanto implica. No la deploro… No me resigno, yo… No lloriqueo sobre ella, yo… La rechazo sin más, con todos los hombres que contiene; no quiero nada con ellos, con ella. Aunque ellos fueran novecientos noventa y cinco y yo estuviera solo, ellos son los equivocados, yo soy quien tiene la razón, porque soy el único que sabe lo que quiere: ¡Yo no quiero morir!”

Todos los esfuerzos de Bardamú en el transcurso de la novela son dirigidos a esa máxima: no morir. Sin importar cuánto le pese la vida, cuánto le afecte la malaria contraída en África o cuánto odie las luces americanas que embrutecen el cerebro, él siempre está huyendo hacia la noche, mas nunca hacia la muerte. Y eso es a fin de cuentas la novela: un constante huir. No se busca el amor ni la felicidad; no se sueña con un mejor futuro ni con la bondad humana. Por el contrario, Viaje al fin de la noche es el viaje por una calle oscura inundada de vagos y vómito, mal olor y basura, pero donde se continúa vivo, y eso es lo que importa.

Zelig’s

Por: Maria Fda. Cardona

Woody Allen es de los pocos directores de cine de los que resulta imposible separar su biografía de su obra. Sus películas nos cuentan sus miedos, patologías e intereses sin pudor alguno. Por esto no es casual que hasta principio de este siglo él haya sido el protagonista de la mayoría de sus películas y que cuando empezó a dejar los protagónicos a otros actores, más jóvenes, estos actuaran con los mismos movimientos, gestos y fobias del director neoyorquino. Un comportamiento ansioso, por ejemplo, es un signo de la marca Allen.

Dios, muerte, amor, sexo y psicoanálisis son, tal vez, los temas más recurrentes de sus películas, los que desarrolla con grandes dosis de humor. Es curioso que el Woody Allen que más recordemos sea el que a él menos le gusta: el cómico. Recuerdos de una estrella (1980) trata de esto. Allí el protagonista es un cineasta cansado de hacer comedias que decide crear una obra distinta, un drama, pero es ampliamente criticado. Eso mismo le sucedió a Allen en 1978 con Interiores.

En el caso de Zelig (1983) también está el sello Allen. No obstante, en esta película sus temas habituales no son tan recurrentes. Dios, muerte y sexo pasan a un segundo plano ‒podría decirse que es de las pocas cintas, si no la única, en que Woody no se refiere a ellos‒, mientras que el psicoanálisis y el amor se toman el filme. El tema es simple: hasta qué punto perdemos nuestra identidad para agradar a otros. Zelig es un hombre que no tiene identidad, pues su personalidad cambia según el contexto en el que se encuentre.

Woody decide hacer un falso documental sobre el fenómeno Zelig, ambientándolo en los años veinte y creando un personaje que cambia de personalidad y físico de acuerdo con el tipo de personas que lo rodean en el momento, y acompaña la historia con la música y el baile de la época. Así, el Jazz, género musical que se encuentra en casi todas sus películas también está aquí, pero de forma diferente: es un protagonista. En la película hay canciones creadas para ella, como la inolvidable Doing the Chameleon compuesta por Dick Hyman. Y es que cuando se piensa en el soundtrack de Zelig es imposible no asociarla inmediatamente con escenas de la película, pues cada tonalidad describe lo que siente el protagonista, su analista, la sociedad y hasta el mismo director. En total, Hyman compuso seis canciones y el resto de la banda sonora se completó con música de la época.

Un aspecto curioso de Woody es que no le gusta sus películas y no las vuelve a ver después de estrenadas. Cuando vio Manhattan terminada pidió a los patrocinadores que no la estrenaran y que a cambio rodaría otra totalmente gratis. Lo contrario sucedió con Zelig. Desde la perspectiva del director, es uno de sus mejores trabajos, ya que sin ser su obra maestra, consiguió lo que él quería. En sus palabras: «Para mí una buena película es cuando estoy en casa, tengo una idea, la escribo, la filmo, la monto, le pongo la música y digo: “¡Salió como yo quería, es exactamente lo que quería!”».

Zelig, entonces, es una de las pocas películas que desde la perspectiva de su creador es buena. Como ya dijimos, su argumento es simple pero su desarrollo es lo que la hace inolvidable. Técnicamente es una película bien lograda, pues se utilizaron diversos recursos: desde el uso de objetivos, cámaras, sonido e iluminación de la época, hasta la superposición de imágenes en videos antiguos (como cuando vemos a Woody y Mia Farrow con Hittler). La idea esencial era que la fotografía, dirigida por Gordon Willis, fuera tan fiel al momento histórico al que se refería que para lograrlo las cintas se ensuciaron y pisotearon. Por esto los diálogos son pocos, la imagen es en blanco y negro y la mayoría del tiempo hay un narrador en voz off que cuenta los hechos y los pensamientos de los personajes. Y, como se trata de un documental, se complementa con entrevistas, ahora en color, de los personajes muchos años después o de intelectuales ‒como la escritora Susan Sontag y el psicoanalista Bruno Bettelheim‒ que supuestamente presenciaron el fenómeno Zelig.

Es que Zelig era un fenómeno mundial. Una atracción, si se quiere. Aquí es donde se encuentra el aspecto cómico, y a la vez crítico, de la película. Zelig es llevado a un hospital psiquiátrico donde es examinado por múltiples doctores, los cuales no se explican cómo este hombre no solo cambia de identidad, sino también de aspecto físico: si está rodeado de obesos, su cuerpo engorda; si se junta con chinos, su rostro toma forma asiática y logra hablar en mandarín; si a su lado hay un aviador, este extraño personaje es capaz de pilotear una nave, aun cuando nunca haya visto cómo hacerlo; y así sucesivamente. Zelig es un fenómeno que encanta al público. Este paga por verlo y hace películas y canciones sobre él. Él es el camaleón humano.

Pero la pregunta más importante es: ¿cómo comenzó tan extraña historia? En algo tan simple que no se aleja de lo que muchas veces hacemos. Un día le preguntaron a Zelig si había leído Moby Dick y aunque no lo había hecho respondió que sí, pues al igual que Woody Allen ‒aquí encontramos de nuevo el aspecto biográfico‒ el protagonista era una persona tímida. Ese fue el inicio de su trastorno. ¿Acaso quién no ha dicho que ha leído un libro, visto una película, ido a un lugar, etc., para no ser rechazado por el grupo que lo rodea? La verdad es que todos, en mayor o menor grado, somos Zelig.

Blog at WordPress.com.

Up ↑